Astrología, Astrology

Quien abre los libros antiguos de astrología, descubre un oficio paciente, que comprendía toda una vida al servicio del conocimiento, aprendizaje y práctica. Ahora bien, ha existido un “eterno” debate sobre si utilizar técnicas astrológicas y aplicarlas a las vidas humanas tiene sentido. Mucho más hoy día, cuando abundan astrólogos y horóscopos de revistas.
Si nos remitimos a los autores clásicos, revisando de manera muy rápida a algunos de ellos, iremos vislumbrando el gran valor de la astrología.  Ptolomeo lo ordena al principio del Tetrabiblos: una cosa es medir el movimiento de los astros y otra, distinta, leer las cualidades que esos movimientos imprimen en el ambiente. Por eso defiende la utilidad de ese saber, porque buena parte de lo que nos ocurre se enmarca en patrones que dependen del cielo que envuelve la Tierra. Su punto nace únicamente de la observación natural, registrando que, cuando cambian las estaciones, cambian las condiciones de la naturaleza; cuando cambian las condiciones naturales, cambian los cuerpos y sus asuntos. Esa es la puerta de entrada, una cadena natural (cielo/astros → ambiente → vida) que permite orientarse adecuadamente en la dinámica terrestre.
En esa clave, la antigua astrología del tiempo (la que mira el aire del año, los ritmos de lluvias y vientos, la mezcla de calor y humedad, la meteorología) es el ejemplo más “modesto” y demostrable. Los capítulos de Ptolomeo sobre estaciones y configuraciones muestran esa vocación de pronóstico natural, describiendo ventanas en que la humedad o la sequedad se imponen, y eso basta para sembrar la tierra, cosecharla o resguardarse. El mismo razonamiento sostiene la alianza histórica con la medicina hipocrática ya que, si el año viene reseco y ardiente, se aconseja compensar en hábitos, dieta y tiempos adecuados para evitar pestes. 
Todo este esqueleto helenístico no se quedó en Alejandría. El conocimiento que llegó de Siria y Persia, y se reordenó en árabe, volvió a Europa latina con una riqueza de manuales que sorprende a cualquiera que crea que “todo en la astrología es moderno”. Estos nuevos compendios y tratados consolidan a la astrología con un método y procedimiento conducente y demostrable. El Introductorium de Al-Qabīsī (Alcabicio), por ejemplo, es un índice claro de la refinación del oficio astrológico, hablando ya de naturalezas y dignidades para saber qué puede cada planeta; accidentes (velocidad, combustión, secta) para saber cómo puede actuar; casas para situar la vida; términos y triplicidades para graduar y conectar la aritmética de la carta con bienes, espíritu o fortuna. Se aprende en un orden y se juzga con jerarquías explícitas; si dos indicadores se contradicen, el texto enseña qué pesa más y por qué.

Siguiendo este rápido recorrido, es inevitable que siga trascendiendo la objeción recurrente de todo aquel que históricamente refuta sobre la astrología, ya que siempre se pide poder demostrar o materializar los pronósticos del astrólogo en hechos. Un ejemplo célebre se dio en Londres en el siglo XVII. William Lilly publicó en 1651 Monarchy or No Monarchy in England con láminas “enigmáticas”. Tras el Gran Incendio de 1666 fue llamado a declarar ya que sus figuras “anunciaban” el desastre. El Museum of London conserva el impreso y resume el episodio. Lilly admitió haber hecho predicciones, aunque para ser liberado, afirmó desconocer fechas. Con independencia de polémicas, el dato que importa es mostrar que la práctica astrológica no solo estaba a la vista, sino que era ampliamente aceptada y se discutía en foros públicos.
Si en lugar de Inglaterra miramos al oriente islámico, encontramos algo parecido, pero en clave katárquica (elecciones), con el uso de cartas para fundar ciudades o iniciar obras. La historia recoge la célebre elección de Bagdad en tiempos de al-Manṣūr, con astrólogos como Naubajt o Masha’allah consultados para fijar el inicio propicio ya que, la tradición nos muestra que, si los comienzos de un asunto tienen calidad, esa calidad marcará al asunto. Podríamos expandirnos en otros ejemplos, como el inicio de la construcción del Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial, en España, y muchos más en Europa, que tuvieron siempre el asesoramiento astrológico para su inicio.
Visto lo anterior, queda así una objeción: ¿por qué, si hay método, hay astrólogos que no brindan certezas? ¿Falla la astrología o falla el astrólogo?  Ptolomeo es transparente en este sentido, comentando que el astrólogo debe trabajar con conjeturas bien fundadas. Esa admisión fortalece la práctica, porque obliga a argumentar supuestos, alcances y límites, añadiendo además que no todo depende del cielo, sino que factores como país, crianza o costumbres (es decir, el medio ambiente del nativo) introducen diferencias que deben ponderarse junto con lo celeste. No es lo mismo conjeturar sobre la carta de un nativo que hace parte de una familia acomodada, a conjeturar la carta de un nativo que vive en condiciones muy diferentes de familia, clima y recursos. 
En suma, la astrología funciona cuando se estudian y aplican conocimiento y método adecuado. El error, de darse, siempre será del astrólogo y sus conjeturas y no de la astrología en sí misma. Así como no se puede condenar a la medicina por la mala praxis de un médico, no se puede juzgar a la astrología por el fallo de un astrólogo. 

Sí, la astrología sirve cuando se la practica con una técnica de correlaciones recurrentes, con un repertorio de operaciones verificables y una verdadera ética.

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Fuentes

  • Ptolomeo, Tetrabiblos (trad. F. E. Robbins, Loeb).  

  • Al-Qabīsī (Alcabicio), The Introduction to Astrology (eds. Burnett, Yamamoto, Yano; Warburg Institute, 2004). 
  • Museum of London, ficha y artículo sobre William Lilly y Monarchy or No Monarchy en relación con el Gran Incendio (1666).